Lucha de Clases y Oscurantismo Politico

Por: JOSE CUERVO PACHACAMAC
Publicado con permiso de Fisura Diciembre de 2003 No. 7

‘El horror de la Violencia no hizo
sino poner en evidencia el horror
del sistema’

Eduardo Galeano

Sobre el periodo que atravesó el país que fue denominado como la Violencia, existen múl­tiples interpretaciones, debido a las muchas dificultades que per­manecen para estudiar esta época que vivió la patria. La Violencia se considera como el fenómeno sociopolítico que asolo a Colombia y que vio su mayor intensidad entre 1949 a 1958, este periodo adquirió características diferentes en los distintos territorios y comunidades de la nación, a parte de que es relativamente reciente y dificulta y/o alimenta varios puntos de vista, pues a las interpretaciones que han hecho sociólogos, politólogos, historiadores, se le interponen los testimonios y las versiones de quienes la padecieron. La explicación sobre la Violencia a veces tiende a limitarse, a entenderla como un conflicto político, producto de un odio irreconciliable entre los partidos políticos tradicionales que se peleaban por el poder. Desde esta óptica, miles y miles de campesinos de lanzaron a una cruzada armada con el único propósito de defender las ideas partidistas, postuladas por godos y rojos, culpando a los políticos de esos bandos como responsables de lo ocurrido. Aunque el carácter político de la Violencia es inocultable, esta explicación no es suficiente para argumentar todo lo ocurrido entonces, pues la Violencia fue la expresión también de un conflicto social, caracterizado por los problemas existentes alrededor de la tenencia de la tierra, la riqueza y la desigualdad social.

En 1936 se iniciaron una serie de reformas que incluían una ley de reforma agraria. Las disposiciones legales provocaron la furia de quienes se veían afectados y de esta manera comenzaron a presentarse hechos violentos en los campos, ocasionados por los terra­tenientes dueños de inmensas propiedades y los campesinos pobres que intentaban defender sus “derechos”. La oposición de parte de los burgueses evitó su aplicación, cuestión que comenzó a tocar fondo con el asesinato de Gaitán, por orden de la oligarquía. El gobierno ante el asesinato del caudillo popular guardo silencio, la desin­formación periodística resaltaba en primera plana, Lo mato el comunismo. El pueblo miraba al homicida: un maleante cualquiera sin ninguna relación con la política, ante el silencio de los políticos, en una actitud desafiante la “chusma” bogotana en un gesto de rechazo a la sociedad, destruye la ciudad, su ciudad. El gobierno después de la crisis encuentra un sólo culpable de lo ocurrido: el pueblo, el gobierno habló y habló, sin parar de elogiarse y condenar al pueblo, su ignorancia, su patanería. Pero si en la capital el ambiente era tenso en el campo la muerte hacia rato merodeaba por las casas de los humildes, acechaba sus lechos, sus trabajos... De esta manera, en el campo la Violencia se tradujo en un instrumento desesperado de los campesinos, luchando sus “dere­chos” y también de parte de los latifundistas para desalojar a los invasores. En el texto las Venas Abiertas de América Latina, Eduar­do Galeano comenta al respecto después de la muerte a tiros de Gaitan se desencadeno un hura­cán, el espontaneobogotazo” y en seguida la violencia derivó al campo, donde, desde hacia tiempo, ya las bandas organizadas por los conser­vadores venían sembrando el terror. El odio largamente masticado por los campesino hizo explosión, y mientras el gobierno enviaba policías y soldados a cortar testículos, abrir los vientres de las mujeres embara­zadas o arrojar niños al aire para ensartarlos en las puntas de bayoneta bajo la consigna de “no dejar ni la semilla”.

Las bonanzas agrícolas que se presentaron en Colombia, han sido ilusiones pasajeras, Luis Eduardo Nieto en los años 40 comenta sobre el café que ha conseguido lo que no lograron los anteriores ciclos económicos del país, ni las minas, ni el tabaco, ni el añil, ni la quina: dar nacimiento a un orden ma­duro y progresista. Según Nieto el Café había conseguido trans­formar a los colombianos en “hombres moderados y sobrios”. El supuesto más vigoroso –decía-, para la normalidad en el funcio­namiento de la vida política colombiana ha sido la consecución de una peculiar estabilidad eco­nómica. El café la ha pro­ducido. De la misma manera comenta Galeano, después de este espejismo económico estalló la violencia. Así, los elogios y las divisas que generó el café no habían interrumpido como por arte de magia, la historia de revueltas y represiones sangui­narias en Colombia, sobre el aspecto rural de la violencia, que convirtió los campos en zonas de barbarie, de guerra, transformó sementeras, cultivos y praderas, montañas y valles y paramos y selvas, en zonas de muerte, de desolación, los aspectos más dramáticos los presentan las comu­nidades campesinas, su despla­zamiento, su dispersión, su mutilación cultural, su asesinato. Bandas de “pájaros” y “chula­vitas” transformaron los paisajes y convirtieron el país entero en un cementerio. El baño de sangre –sugiere Galeano-coincidió con un periodo de euforia económica para la clase dominante: ¿es licito confundir la prosperidad de una clase con el bienestar de un país?

La Violencia se extendió por la mayor parte del territorio, carac­terizado por el enfrentamiento partidista, saliendo de las entrañas del pueblo grupos de ¿filiación? Liberal en las regiones montañosas distantes, en los Llanos Orientales y en zonas campesinas pobladas. Estas acusaban al gobierno godo o conservador de fomentar la per­secución y el asesinato de los rojos o liberales, a manos de la policía chulavita, el terror fue un elemento clave para el despla­zamiento de miles de personas a refugiarse en las ciudades. Así, muchos terrate­nientes godos o rojos y/o de las fuerzas armadas se beneficiaron con los males del pueblo y lograron comprar a bajisimos precios, cientos, miles de fincas, parcelas con cultivos, animales, que habían sido tra­bajadas durante décadas, que fueron abandonadas por los campesinos evitando no sólo el horror de la muerte sino la crueldad de las mutilaciones, a las violaciones de sus mujeres e hijas y a las castraciones de padres e hijos, se sucedían los incendios, los saqueos; en cualquier sitio los hombres eran descuartizados o quemados vivos, desollados o partidos lentamente en pedazos, los batallones arrasaban aldeas, plantaciones y cultivos; los puen­tes eran “descabezaderos” donde primero se cortaban las cabezas y luego se precipitaba el cuerpo al río, ríos de sangre, pero todos estos signos de terror también crean nuevos términos, nuevas formas de llamar el pánico, un léxico per­verso donde se incluían unas particularidades, que eran formas más refinadas –como por así decirlo- de asesinar, aniquilar, el famoso ‘florero’, que consistía en cortar la cabeza y los miembros de la víctima, se arrojaba la cabeza y en el sitio donde iba colocada se le introducen manos y piernas; el corte “corbata”, que era hacerle una incisión en la parte baja del cuello y sacar por esa fisura la lengua y que quedara colgando -a nivel internacional  se le conoce como la “corbata colombiana”-, el corte “franela”... todas estas formas de muerte se practicaban en serie, existía un “bandolero” -uno de tantos- conocido como Chispita ó Chispas ordenaba y participaba en las masacres, siempre hacia dece­nas hasta centenas de “floreros”, la misma cantidad de ‘corbatas’ y después escribía en alguna super­ficie con sangre, Ahí, perdonan lo poquito. Este sentido del humor negro, se desarrolló en todos sus aspectos, un oficial de las fuerzas armadas decía: “A mi no me traigan cuentos. Tráiganme orejas”. El sadis­mo de la represión y la ferocidad de las masacres eran brutales, la crudeza de las acciones dejaron una huella dramáti­camente plasmada en la memoria, en algunos casos no sólo los que huían llevaban grabado en sus mentes las imágenes san­grientas, los asesinos también cargaron su propia brutalidad, su paupérrima realidad, su propia vida. Galeano cuenta de un hom­bre que cortó las manos de un sacerdote, prendió fuego a su casa y luego lo despe­dazo y lo arrojó a un caño, cuando acabó la guerra, quedó tan “trastornado” que lo único que gritaba era: soy ino­cente, soy inocente, yo no he hecho nada. El horror de la violencia no hizo sino más que poner de manifiesto el horror del sistema.

En consecuencia a la violencia estatal promovida por la famosa policía chulavita, se configuraron una serie de grupos armados en el sur de Tolima, Antioquia, en el Carare, en noroccidente de Cun­dinamarca y en los Llanos Orien­tales. En Tolima se formó el primer grupo armado comunista. En 1952 se celebró en Boyacá, una reunión de guerrilleros liberales y comunis­tas, dando paso a un proyecto de lucha contra el gobierno conser­vador y restaurar la democracia. En esta reunión se habló de una lucha revolucionaria, pero los lideres liberales no querían comprometerse con una lucha popular armada. La Violencia obligó a la huida de miles de campesinos a buscar refugio y protección en zonas aisladas, en lejanas montañas, donde la mirada de odio y la sonrisa cruel de los asesinos no los descubriera, tales lugares convertidos en zonas de “autodefensas” y trabajo agrí­cola, eran dirigidas bajo la orien­tación comunista. A tales comuni­dades el gobierno gringo las vio como peligros potenciales y que había que destruir las famosas “repúblicas indepen­dientes” y de inmediato fueron víctimas del fuego cruzado de baterías de artillería y de bom­bardeos aéreos. En 1962 las Fuerzas Armadas realizaron el primer esfuerzo por destruir dichos asentamientos, donde los hombres y mujeres se defendieron evitando la pene­tración del ejercito y repeliendo exitosamente este ataque. En 1964 se produjo un violento ataque a esta zona, con más de 15,000 soldados. La resis­tencia se pro­longó por semanas. Ante los bombardeos aéreos los subversivos se dispersaron, permi­tiendo que el ejército tomara la zona. En 1965 los ataques se extendieron al Huila y Cauca, donde los sediciosos eran coman­dados por Ciro Trujillo, luego se atacó el Caqueta, obli­gando a los campesinos a huir por indómitos parajes selváticos. Pero el triunfo militar para el gobierno significó una nueva forma de pensar y entender el Estado de parte de los campesinos, que indig­nados abandonaban nuevamente sus sitios de morada, se agruparon en varios frentes, estructurando e iniciando una nueva etapa de lucha armada. En 1966 se celebró la conferencia de guerrilleros del bloque sur, integrada desde Huila, Cauca y sur del Tolima, del cual surgieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, inicialmente guiadas ideoló­gi­camente por el partido comu­nista, bajo la comandancia de Pedro Antonio Marín. Si en las montañas y lugares rurales de Colombia el inconformismo y la indignación  hacía presencia con fusiles cam­pesinos, en el resto del país ocurría algo similar, y es así como un grupo de jóvenes estudiantes y algunos profesionales forman el Ejercito de Liberación Nacional, liderados por Fabio Vasquez Castaño, en enero de 1965 apa­reció en escena el segundo grupo subversivo en el país. En 1967 surgió el Ejercito Popular de Liberación. Es decir, en tres años surgieron grupos guerrilleros, fruto de alianzas entre campe­sinos, intelectuales, estu­diantes, obreros,...  que establecieron una escisión en el país, que desembocó hacia los 70 en una política represiva de parte del Estado.

A propósito de los grupos tradicionales que fueron grandes protagonistas en la lucha social que se desató en la patria, los dirigentes del partido liberal durante este sangriento episodio de la historia, jamás perdieron la compostura, sus buenos modales, sin un solo gesto desagradable que delatara su disgusto o que llamara su atención antes los miles de colombianos que eran victimados, la mayoría inscritos a su partido. Los conservadores como son tradicionalistas y recatados, se dedicaron a hacer lo que mejor sabían hacer, ejercer la coerción, la represión, tomando whisky en palacio con los militares, “pacifi­cando” los lugares donde los campesinos se rebelaran, rebelarse significa en esta época no dejarse matar. Mientras en Bogotá, algunos políticos liberales y conservadores, se reunían en fiestas y bailes, en el campo los muertos los ponían los campesinos, el mayor sacrificio de los dirigentes liberales -partido al que supuestamente iban dirigido los ataques- fue salir al exilio, a viajar por Europa o Estados Uni­dos. Dichas situaciones provo­caron por obvias razones un estado de “ingobernabilidad”  como dicen los juristas, creando un clima propicio para que los armados estatales hicieran lo que quisieran. Pero el 13 de junio de 1953, cuando la violencia había alcanzado su máximo apogeo, el poder central en manos de Laureano Gómez estaba profun­damente debilitado, éste se había retirado del gobierno por razones de salud, dándole el poder a Urdaneta, cuando Goméz volvió a retomar el poder, una coalición apoyada por las Fuerzas Militares bajo el mando de Gustavo Rojas Pinillas impidió su retorno. El impacto causado por el golpe de mano produjo una extraña calma al territorio, la gran promesa de Rojas fue la de desmovilizar los grupos guerrilleros, las de los llanos entregaron sus armas al ejercito. Dirigentes como Gua­dalupe Salcedo fueron poste­riormente asesinados, en tiempos de “paz”. La tregua iniciada con la dictadura militar comenzaba a palidecer, las continuas protestas protagonizadas por estudiantes universitarios, siempre finalizaban con estudiantes muertos y muchos heridos, en el campo las fuerzas armadas emprenden una acción represiva contra los campesinos del Tolima, y Villa Rica es bom­bardeada, en las demás regiones los militares y policías se enri­quecían traficando tierras y ganado. Pero la acción más ridícula y vil ocurrió cuando en la plaza de toros de Santa María, miembros de la fuerzas gobier­nistas dispararon contra la mul­titud por negarse a echar vivas a la familia presidencial,  lo único valioso que hizo socialmente el gobierno de Rojas fue, darle los merecidos derechos políticos para la participación de la mujer, en su gabinete la primera mujer que pisó las instituciones a nivel nacional fue Josefina Valencia, minedu­cación, que rompió con la indi­ferencia, la exclusión, la intoleran­cia sexista, un logro de una lucha silenciosa, de protesta sensual a lo largo de la historia colombiana, se levantaron de los oprobios e infamias cometidas, recuperaron la dignidad la Gaitana, Policarpa Salavarrieta,... las mujeres colom­bianas.

 

En un acuerdo entre los industriales, la banca, los estu­diantes y los sectores populares, apoyados por los godos y rojos, en 1957 fue derrocado el dictador, la Junta convoco a un plebiscito  nacional a todos los colombianos, con lo que se le asestaría un duro golpe a los intereses del pueblo, las reformas que se le hacían a la constitución pretendían forma­lizar y legalizar su famoso Frente Nacional o unión entre godos y rojos para gobernar alterna­tivamente por doce años,  que después se extendió a 16. En 1970 entra en crisis la dupla corrupta que abanderaba el Frente Nacional que tenía ya escogido su can­didato, en plenas elecciones presi­denciales se enfrentaban Pastrana y Rojas Pinilla por la Anapo. Como siempre el escán­dalo golpeo las elecciones, pues de manera irregular venció el candidato del Frente Nacional, la mayoría cree que hubo fraude, otros que el mismo Rojas aceptó la derrota por amenazas contra su integridad física. La llegada al poder político del ilustrísimo y noble varón, el conservador Misael Pastrana Borrero, cuyo nombre es triste y amargamente recordado por el pueblo, regaló a la posteridad el UPAC, para canalizar el ahorro interno, modelo que ya había demostrado su tremendo fracaso en Lati­noamérica, aca­bando con la pobreza llevándola hacia la miseria, y volviendo a los ricos, millonarios. Como buen gober­nante se dedicó a moder­nizar el ejercito y a hacer buen uso de la fuerza, utilizando la represión. Las protestas estudiantiles se incrementaron. Se cerraron algún tiempo algunas universidades. La Universidad Nacional permaneció cerrada casi en todo su periodo de gobierno, al mismo tiempo se intentaba la reforma universitaria, bajo la mesa el presidente le hacía trampa a la educación pública. Y así, los 70 vio emerger un nuevo movimiento insurgente, la Anapo Socialista dio origen al Movi­miento 19 de Abril, inicialmente vin­culado con la Anapo como su brazo armado, con la consigna “con el pueblo, con las armas al poder”. Proclamando a María Eugenia Rojas como su líder, pero ésta desautorizó dicha disidencia. Desde su aparición en 1973, cuando entraron a la quinta de Bolívar y sustrajeron la espada, este grupo subversivo se carac­terizó por acciones verdade­ramente espectaculares, asom­brosas, además de manejar un estilo muy original de hacer su propaganda política, utilizando un lenguaje nacionalista, muy dife­rente a los demás movimientos subversivos. Comandados por Jaime Bateman.

En 1975 se inicia otra bonanza cafetera sin precedentes, fruto de las heladas en el Brasil. Hubo obviamente una fuerte polémica por el uso y manejo que el gobierno dio a estos dineros, pues como es su costumbre en el país, las divisas “importantes” de estas cosechas se dirigen a los bolsillos de las clases “importantes” de la sociedad.

Colombia –dice Herbert Braum, país de gobiernos y pueblos bulliciosos, ha conocido algunas reformas y transformaciones sociales, la Revolución en Marcha de Alfonso López en los 30 la de Belisario Betancourt –más restrin­gida, más limitada- en los 80, fueron algunas de esas, pero tam­bién se han generado grandes contrarrevoluciones, como la época de Violencia o las repre­siones sociales más recientes de los años 80. Son contrarrevo­luciones, que tienen entre sus múltiples dimensiones las de eliminar las reformas demo­cratizantes que desde el gobierno se han hecho para contener las aspiraciones colectivas de los de abajo. Cada contrarrevolución ha volcado a la sociedad hacia el mercado. La máxima expresión de este tipo de estrategia estatal fue la evolución y consolidación de grupos de ultra-derecha desde “limpieza” política, pasando por el MAS a las Auto­defensas o Para­militares, que son entrenados militar y tácticamente para socavar los logros de las luchas sociales, tanto sindicales como estudiantiles u organiza­ciones que tenían alguna filiación a la izquierda, al comunismo... pero su principal tarea es destruir desde una guerra sucia, la infraes­tructura logística, de apoyo, de los grupos guerrilleros, eliminar “cola­boradores”, en zonas de influencia disputarles el territorio y aniquilar a cualquier tipo de oposición ideo­lógica y/o pro­puesta alternativa de carácter social. Actualmente el despren­dimiento de las autode­fensas de su eje estatal, en parte debido a la presión internacional, que ha reconocido al Estado colombiano entre los principales violadores de los derechos huma­nos en toda Latinoamérica y ser catalogado políticamente como uno de los países históricamente más corrup­tos y pusilánimes del mundo, la política gubernamental ha cam­biado de estrategia, la impunidad, aunque en mediana medida ha quedado un tanto desprovista del manto protector estatal, de su silencio cómplice           -aun­que su relación persiste desde las som­bras, desde la ilegalidad-. Eso ha significado la confirmación de las AUC como fuerza irregular, autó­noma, que enfrenta la subver­sión en todos sus aspectos, de la misma manera que responde a un interés económico enorme, el control de zonas cocaleras, mine­ras y estra­tégicas, es una acción especifica de parte de sus coman­dantes, además de los ganaderos, hacendados, gremios, militares,... que son su componente logístico y financiero, que también hacen lo suyo. Transforman poblaciones y peque­ñas parcelas, sus cultivos y ani­males, en inmensos territorios baldíos que digieren sin parpadear, inmediatamente son incorporados al capital, aumentando el hambre por la guerra y el significado económico de la violencia, su connotación de terror que todo lo permite, todo lo puede.

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