Visión de la universidad pública

Por: CARLOS GAVIRIA

Senador de la república en representación del Frente Social y Político.

Gracias por invitarme a reflexionar con ustedes sobre un problema que ha estado en mi cabeza y en mi corazón desde hace mucho como lo es el tema de la universidad.

Trataré el problema de la ética y la política. Creo que cuando se reflexiona sobre la universidad es imposible tratar de ética sin tratar de política, al menos desde la perspectiva que voy a indicarles.

Para Aristóteles la política es la reflexión sobre la convivencia. Convivir significa vivir por el otro. Coexistir es existir por el otro y pienso que ese acierto aristotélico no ha podido ser contradicho. El hombre está avocado a vivir por el otro, a convivir, a coexistir, y la política lo que hace es reflexionar sobre las mejores formas de convivencia; cuál es la forma más adecuada para vivir por el otro, cuál es la forma más adecuada de existir con el otro sin hacerle daño o que él me haga daño; o como diría, ahora modernamente, Joseph Ratz, convivir de tal manera que logremos crear el estado de bienestar que propicie la buena convivencia.

Entre los griegos, y me refiero específicamente a su etapa de la ilustración, durante los siglos V y IV antes de cristo, ética y política eran lo mismo.  Buscar las mejores formas de convivencia es hacer política, pero buscar las mejores normas de convivencia es también hacer política. ¿Qué es lo que debemos hacer para no hacernos daño cuando estamos conviviendo y tenemos que convivir con el otro?

Descreo, esencialmente, de los discursos moralizantes donde a uno le dicen qué debe hacer y cómo debe comportarse. Lo que se debe hacer es mejorar las situaciones, analizar las instituciones y a partir de su análisis, derivar ciertas reglas que aparecerán como necesarias. Cuando a uno le indican un deber, uno puede discrepar de ese deber, pero si nos ponemos de acuerdo acerca de fines, las proposiciones que identifican fines plausibles son proposiciones de deber. Estas son las llamadas proposiciones deónticas.  Podemos discrepar de ellas;  por ejemplo: si digo que un fin que debemos proponernos es la paz, alguien puede contradecirme y decir que la paz es secundaria, que   es una consecuencia de la justicia y por lo tanto, lo que primero se debería  buscar es la justicia. Allí hay una discrepancia eminentemente deóntica, pero si nos ponemos de acuerdo acerca de un fin, encontrar los caminos para llegar a ese fin no implica proposiciones de esa clase, sino que la creación de los medios para lograr ese fin está constituido ya por lo que se llaman proposiciones anancásticas, o proposiciones de necesidad sobre las cuales todos tenemos que acordar. De modo que hay dos discusiones, una entorno a los fines que la llamo deóntica y una acerca de los medios que son las proposiciones anancásticas.

Retomo pues la reflexión inicial sobre la ética en los griegos y su carácter de tema inescindible del tema político; solamente en el pensamiento occidental que pudiéramos llamar moderno, inaugurado entre los siglos XV y XVI se empieza a dividir lo que pudiéramos llamar ética y política. El libro clave es El príncipe de Maquiavelo. En ese libro, Maquiavelo le da unas directrices a un príncipe y tiene en mente el comportamiento de un gobernante llamado Cesar Borgia. Maquiavelo le indica al príncipe las maneras de lograr el éxito. Esas casi podrían ser proposiciones de las que llamo de tener que; ananque en griego es necesidad, o sea proposiciones de necesidad. En el libro se dice, si usted lo que busca es tener éxito el comportamiento necesario es este. Con Maquiavelo se inaugura una escisión de lo que es el pensamiento ético y el político. Sin embargo, un pensador que admiro sobremanera, nacido ruso pero que se educó en Inglaterra, Berlín, pone en tela de juicio la afirmación de que en Maquiavelo la ética y la política están escindidas. Maquiavelo lo que muestra no es que la ética sea incompatible con la política, sino que una determinada ética, la cristiana vigente en su momento, resulta incompatible con el éxito político, pero lo que maquiavelo le propone al príncipe son también proposiciones éticas; digamos que una ética pagana, no cristiana, pero que si es compatible con la política. Ahí tenemos un aspecto muy importante como es el dualismo o el pluralismo, pues no hay una sola forma de enjuiciar el problema de lo bueno o el problema de lo correcto. Los griegos enjuiciaban el problema de lo bueno y lo correcto de una forma distinta a como se analizaba dentro de la ética judeo-cristiana.Y hago esta reflexión porque estamos en la universidad y lo que estamos buscando es precisamente eso: reflexionar acerca de cuál debe ser el comportamiento adecuado dentro de ella. Para eso tenemos que averiguar primero qué es y para qué es la universidad, pues resulta que el ethos de la universidad está dado por la naturaleza de la institución. Si nos ponemos de acuerdo en torno de qué es la universidad y en qué ha de volverse, las reglas de comportamiento casi que no admiten discusión.

Empecemos tratando de desvelar la naturaleza de la universidad. La universidad es una comunidad. Constituimos una comunidad si tenemos algo en común. La familia es una comunidad porque las personas que la constituyen tienen en común la sangre. Si la universidad es una comunidad tenemos que preguntarnos qué es lo que tienen en común las personas que la constituyen. Yo me tomo ciertas licencias cuando reflexiono en público sobre este tema y cuando hago estas reflexiones causo ciertas molestias, porque cuando uno reflexiona sobre la esencia de la universidad contrasta con lo que en la realidad es, con lo que se nos presenta como instituciones universitarias y se va creando una distancia abismal entre lo que es el tipo ideal de la universidad que Robert Joschins llamaba la universidad de utopía.

Lo que constituye la comunidad universitaria es la búsqueda del conocimiento, la búsqueda del saber y la transmisión del saber, la transmisión del conocimiento, la evaluación de lo que debe preservarse y de lo que no debe preservarse. La universidad es, esencialmente, una comunidad de alumnos, una comunidad de profesores, una comunidad de investigadores.

Me detengo a hacer una reflexión marginal, pues algunos se preguntarán sobre el papel de la administración, pienso que no hace parte de la esencia de la universidad; la administración se impregna del ethos universitario por estar sirviendo a la realización del fin que es la búsqueda y producción del saber, pero la administración resulta instrumental. Es perfectamente posible pensar una universidad sin administración: una universidad de profesores y alumnos que tienen una misma finalidad y ellos mismos se gobiernan (porque la autonomía hace parte de la esencia de la universidad) y ellos mismos van indicando los fines. Eso no significa que la administración es innecesaria dentro de la universidad. La administración surge porque los mismos alumnos y maestros se dan cuenta que determinadas necesidades deben ser atendidas por otras personas, para que ellos no se distraigan del fin que buscan y el propósito que los constituye como comunidad.

Voy a hacer una reflexión ética acerca de las administraciones universitarias. No quiero decir que son responsables de lo que diré, pero sí que algunas conductas deben cambiar. La universidad ordinariamente asume conductas desmoralizantes. Recuerden que las universidades nacen en la edad media con la finalidad de adquirir el conocimiento; así fue el caso de las universidades de Bolonia y Paris. El compromiso que tenían era buscar conocimiento de sentido humanístico. En ese momento no se podía hablar de ciencia pero si de conocimiento humanístico. Desde allí el compromiso con el conocimiento para su progreso y su hacer científico, el conocimiento humanístico no se puede perder ahora.

La desmoralización se plantea en la siguiente situación: fui directivo de la Universidad de Antioquia y cuando un profesor era sumamente brillante o un investigador era sumamente competente, lo llamaban a ocupar un cargo administrativo. La razón era que el profesor ganaba un sueldo relativamente precario y el administrador no. Al investigador o al profesor le decían: venga ocupe esta rectoría, esta vicerectoría o esta jefatura de departamento y va a tener un buen sueldo. Lo hacían sin saber que estaban matando lo que es el fin de la universidad, estaban matando a un gran profesor al llevarlo a la administración. Como ya lo mencioné, la administración es algo muy noble, se impregna de los fines que la universidad busca pero su función es instrumental y está al servicio de lo que constituye la esencia de la universidad. Al buen profesor, al buen investigador hay que remunerarlo bien, pero dislocarlo y ponerlo a hacer aquello para lo cual no está capacitado, o aunque esté capacitado y lo haga, lo están alejando de la finalidad esencial, de la búsqueda, producción y transmisión del conocimiento.

Lo anterior hace parte de la ética universitaria, pero estamos hablando no de la ética de cualquier universidad, sino de la universidad pública. La universidad se determina por el fin, por el propósito que busca como lo es el enriquecimiento del conocimiento y el cultivo de los valores humanísticos. La política puede que sea ciencia o no, pero es una reflexión inevadible en la universidad. Cómo no va a tener raíces humanísticas la reflexión acerca de la mejor manera de convivir en el mundo, la mejor manera de convivir en la ciudad…

Para los griegos la mejor forma de convivencia era la polis y por tanto para ellos la política es el ejercicio mental o intelectual que busca encontrar las mejores formas de convivencia. Lo que uno debe preguntarse es, si el conocimiento se ha diversificado tanto, si el conocimiento de hoy es tan infinitamente más complejo que el de la edad media, ¿hoy qué debe enseñar la universidad?..

 Voy a tratar otro tema problemático, ¿por qué nuestras universidades tienen tantos condicionamientos materiales que a veces no las dejan ser lo que deben ser? La universidad debe enseñar todo lo que sea valioso para el conocimiento, pero yo agregaría, sólo lo que es valioso para el conocimiento. Me refiero a otra distorsión de la naturaleza de la universidad, casi inherente a los condicionamientos materiales. Si un departamento de hotelería resulta muy rentable, la universidad funda un departamento de hotelería con el argumento de que necesita recursos.  Qué bueno preparar a la gente para que haya buenos hoteles. Ser hotelero no es indigno, ni mucho menos, pero ¿esa es tarea de la universidad? En realidad uno se pregunta si eso hace parte de su esencia, si no deben haber otras instituciones que entrenen a la gente para que realicen ese menester. ¿Tendrá eso que ver con el conocimiento que la universidad debe impartir y con la raíz humanística que la universidad tiene?  En cambio, si se dice que es importante un departamento de historia o de filosofía, no se abre.

A mi me tocó que en mi universidad cerraban programas de historia y filosofía porque no eran rentables. Ahora pueden decir que   hay muy poca gente para historia y filosofía y que es mejor poner un departamento de hotelería.

Sabemos que para la universidad es importante la investigación, claro la investigación es la producción del conocimiento, pero uno se pregunta ¿qué debe investigar la universidad? Hay campos del conocimiento cuyo valor epistemológico y axiológico están inescindiblemente vinculados con la esencia de la universidad, mientras otros no lo están y sólo son ingredientes externos que si se incorporan a la universidad más bien la desvirtúan y desnaturalizan.

Robert Jochins contaba que en la universidad de Florida se ofreció una maestría para payasos. Qué bueno que haya buenos payasos, ¿pero eso es misión de la universidad?  En la universidad de california se ofrecieron cursos a nivel de Ph. D. para conductores. Claro que es muy bueno que la sociedad tenga buenos conductores pero, ¿eso será la esencia de la universidad? Lo que ocurre es que cuando hay quien pague esos cursos de conducción la universidad recoge como suyo lo que no es suyo. Jochins dice, precisamente, que en el amor al dinero encuentra el germen de disolución de la universidad norteamericana.

Toda esta reflexión para indicarles el sentido en que la universidad debe pensarse, pues su compromiso ineludible es con el conocimiento, con el saber y con los valores humanísticos.

Ustedes deben tener en mente cuando les hablo de esto la cantidad de universidades que se presentan como tales y que no lo son, instituciones que sólo colateralmente tienen relación con el conocimiento. Universidades cuyo propósito no es otro que el lucro económico, pero no están comprometidas ni con la producción del conocimiento ni con el impartir el conocimiento, ni el preservar valores de dicha naturaleza. Yo pienso en cuál será la universidad que ante todo tiene ese compromiso y me respondo que es la pública.

La universidad privada desde el momento en que inicia puede decir: yo tengo un interés en formar buenos abogados para el sector privado o formar médicos de determinado perfil para que sirvan a determinado sector.  En función de ese propósito ya está desvirtuando la naturaleza de una universidad; bien sea porque ella elige qué enseña y qué no enseña.

 Estamos en un momento en que la universidad pública está en serio peligro y por más piruetas que se hagan para ocultarlo el propósito está allí. Yo he escuchado en esferas oficiales, y no sólo de este gobierno, sino también de gobiernos anteriores decir: cuánto le cuesta al país la Universidad Nacional.  Después que parecen las cifras preguntan: y cuánto vale la formación de cada alumno… Y dan la cifra. Entonces dicen: si damos un subsidio para que cada uno de esos alumnos se eduque en las universidades privadas nos estamos economizando una gran cantidad de dinero. De esa forma ellos están seleccionando ideológicamente a las personas que van a servir para mantener el establecimiento. Se pensará, qué cosa tan distinta es que un estudiante llegue con un subsidio sustancioso a una universidad privada y además viva muy agradecido con el  Estado porque le permitió educarse en una universidad prestigiosa, a que un estudiante estudie en la universidad pública que en principio le pertenece a todo el mundo. La universidad pública no puede ser perturbada por intereses de otra clase, por intereses secundarios.

Tendré en mente una universidad de utopía, aunque la palabra utopía está muy desacreditada y cuando uno propone fines utópicos le califican de descabellado y soñador. Lo utópico es lo que todavía no tiene lugar, en oposición a lo tópico que es algo que ya tiene lugar. Precisamente, a partir de lo tópico, de lo que se tiene podemos aspirar a una universidad mejor. Podremos aspirar a una universidad de utopía que todavía no tiene lugar pero que si la dibujamos en la mente como muy digna de ser perseguida, de ser buscada, será una buena señal para la acción. Debemos buscar ese tipo de universidad y no me cabe duda que la universidad por excelencia tiene que ser la universidad pública. No digo que no puede haber universidades privadas excelentes y que no tengan personas absolutamente filantrópicas, que haya una buena universidad privada comprometida con el conocimiento; pero ese no debe ser un propósito de particulares, debe ser un propósito del Estado. Como decía un ilustrado alemán del siglo XVIII Benjamín German: el primer derecho que el pueblo tiene es el derecho a la ilustración. Está pensando en la revolución francesa. Su visión es desde la posición alemana y distingue dos cosas: lo que llama una revolución del pueblo y una revolución a través del pueblo.

Esta última es la que todos los días nos proponen, como el caso del referendo cuando dicen: vamos a hacer una transformación fundamental que la gente va a decidir. Y llevan a la gente ciega a que vote lo que no conoce, a que decida sobre lo que no sabe, para luego decir que fue una verdadera revolución popular. Benjamín German descree de la revolución a través del pueblo. Es una técnica de manipulación que hace creer a la gente que decidió sobre cosas que no conoce, que no puede decidir. German dice que la transformación de un Estado y de una sociedad debe hacerla toda la comunidad.  Para que esto suceda es necesario que, ante todo, se revindique el derecho fundamental a la ilustración, pues es el derecho primario de toda comunidad.

El fin de la universidad pública es ilustrar, no para que determinado sector sea más prospero sino para que la sociedad entera progrese. Este propósito resulta ser altamente político y cuando la universidad lo cumple se vuelve un propósito altamente subversivo. No hay nada más subversivo que la claridad. Cuando la gente adquiere claridad, empieza a asumir actitudes que antes no asumía y que no son compatibles con la mansedumbre. La mansedumbre está magníficamente acoplada con la ignorancia. Cuando la gente no sabe para donde va anda muy contenta, porque le han dicho que la llevan a un paraíso, pero no es así.

El fin de la universidad es un fin esencialmente político y no está desligado del conocimiento. Algunos dicen que la universidad pública se ha politizado y no está cometiendo su cometido. Pero cuando se escucha eso puede obedecer a dos cosas: una es que la universidad si está cumpliendo su cometido o, otra es que en realidad en la universidad hay manifestaciones de inconformidad que resultan incompatibles con el poder público.

¿Por qué se propuso hace algunos años la supresión de algunos departamentos universitarios? Yo asistí a la reforma de la Universidad de Antioquia en 1969 y 1970. Era una reforma altamente criticada por los estudiantes y profesores, decían que estaba simplemente copiando el modelo europeo. Sin embargo, como ese modelo implicaba departamentos de Sociología, Antropología y Lingüística, los precursores de ese proyecto se empezaron a echar para atrás. Se preguntaban qué hemos hecho, hay que cerrar el departamento de Sociología; uno de los buenos pretextos es decir que no es económicamente rentable. Y aunque el departamento de Sociología es uno de los más ilustrados lo querían cerrar por hacer parte de los departamentos más subversivos e incompatibles, cuando son precisamente los que justifican la universidad.

Tratar de esclarecer los propósitos de la universidad es identificar su ethos. El ethos en griego tiene varias acepciones: una es costumbre, otra es residencia y la otra es carácter. Cuando una persona es de carácter se dice que es ética, puede que no compartamos sus fines, pero una persona ética se la juega por sus propósitos y por los principios de los que parte.

Una vez identificados los fines y los propósitos y nos podamos poner de acuerdo, lo demás lo podremos arreglar.

La convivencia tiene que estar regida por reglas que no solo la permitan sino que la estimulen, por reglas que permitan que de la convivencia se produzca el bienestar, para poder continuar con los fines de la institución.

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